¿Existen celos sanos?
Psicología y doctrina sobre los celos en el amor
En una entrevista a mujeres por la calle les preguntaron sobre su hombre ideal. Al hablar del tema de los celos, casi todas coincidían en que los celos no son buenos, pero tampoco quieren un hombre con cero celos, ya que entienden que es un pasota, y las mujeres desean a un hombre que tenga algo de "sangre" que sea al menos un poco "territorial" hacia ellas, que tenga unos pocos "celos". ¿Qué piensas de esto? ¿Qué dice la psicología? ¿Y la doctrina católica?
Me parece una intuición popular muy fina, pero está envuelta en una imprecisión de vocabulario que conviene deshacer antes de juzgarla, porque la palabra "celos" en esa entrevista está cubriendo dos cosas que son moralmente —y psicológicamente— opuestas.
Lo que esas mujeres rechazan cuando dicen "los celos no son buenos" es el celo posesivo y suspicaz: el control, la vigilancia, la desconfianza crónica, el impulso de restringir. Y lo que reclaman cuando piden un hombre con algo de "sangre" no es eso en absoluto, aunque lo llamen igual: piden una señal de inversión. Quieren constatar que importan lo bastante como para que su pérdida fuera una pérdida real para él; que no es intercambiable cualquiera por ellas. El "pasota" de cero reacción no transmite serenidad, transmite que no hay nada en juego, que ella es reemplazable, que él no movería un dedo por conservar el vínculo. Y la ausencia de coste leído es leída, con razón, como ausencia de amor. Así que la aparente paradoja —"no quiero celos pero tampoco cero celos"— se disuelve: no desean los celos, desean la evidencia del amor que a veces se confunde con ellos.
En psicología esto está bastante bien cartografiado. La psicología evolutiva (David Buss y la línea del mate-guarding) entiende los celos como un mecanismo adaptativo de detección de amenazas a una relación valiosa; bajo ese marco, la ausencia total de respuesta celosa puede interpretarse como bajo valor o baja inversión en la pareja —exactamente lo que ellas intuyen del pasota—. (Conviene un matiz de honestidad: las supuestas diferencias sexo-específicas de Buss —el hombre más afectado por la infidelidad sexual, la mujer por la emocional— están empíricamente disputadas y moduladas culturalmente, así que no me apoyaría demasiado en ellas.) Más útil aún es la teoría del apego: el pasota suele encajar en el patrón evitativo, que desactiva el sistema de apego y mantiene distancia; el celoso enfermizo encaja en el ansioso, hipervigilante al abandono; y el punto sano es el seguro, que sí sentiría algo ante una amenaza genuina pero no controla ni vigila porque hay confianza de base. Y hay una distinción técnica que es casi idéntica a la que hacían esas mujeres: los celos reactivos (respuesta emocional normal a una amenaza real, correlacionados con inversión en la relación y nada patológicos) frente a los celos suspicaces o posesivos (crónicos, infundados, controladores, asociados a peor calidad de relación y a veces a abuso). O sea: la psicología les da bastante la razón.
La doctrina católica, curiosamente, llega a la misma estructura por otra vía, y es aquí donde la cosa se vuelve fina. La tradición distingue la invidia (envidia: tristeza por el bien ajeno, uno de los siete capitales) del zelus (celo), que es moralmente ambivalente. Y el celo bueno tiene rango altísimo: el propio Dios se dice "celoso" —"Deus aemulator", "Dios celoso" (Ex 20,5; Dt 4,24, "fuego consumidor")—, y san Pablo escribe "os celo con celo de Dios" (zelo enim vos Dei aemulatione, 2 Cor 11,2). El Cantar lo eleva a su máxima expresión: "fuerte como la muerte es el amor, duro como el abismo el celo" (Cant 8,6) —y eso es alabanza de la intensidad y la exclusividad del amor nupcial, no condena—. Frente a eso, Gálatas 5,20 sitúa el zelus en mal sentido entre las obras de la carne. El mismo término, dos polos.
Santo Tomás afina el porqué. En la Summa (I-II, q. 28, a. 4, utrum zelus sit effectus amoris) sostiene que el celo es efecto de la intensidad del amor: "el amor intenso busca excluir todo lo que se le opone". Distingue el celo en el amor de amistad —que mueve contra todo lo que daña el bien del amigo— y en el amor de concupiscencia, donde aparece precisamente el celo del marido por la esposa, "ne scilicet, per consortium alterius, eius singularitas infringatur": para que la exclusividad del vínculo no quede quebrada por un tercero. El corolario tomista es exactamente la intuición de la calle: un amor sin ningún celo sería un amor sin intensidad. El cero "sangre" delata amor débil. Pero —y aquí está todo— ese celo debe estar ordenado por la razón y la caridad: el celo recto es por el bien de la amada y la integridad del pacto exclusivo, no una posesividad centrada en uno mismo que la cosifique.
Y ahí entra el personalismo de Wojtyła (Amor y responsabilidad, la "norma personalista"): la persona se ama, nunca se usa como medio. Los celos que reducen a la mujer a objeto poseído y controlado violan su dignidad de persona y su libertad; son una falsificación del amor, amor-como-uso disfrazado de amor-como-don. El amor esponsal sí implica una "pertenencia" mutua, total y exclusiva, y un deseo legítimo de proteger esa comunión de personas; pero el don respeta la libertad, mientras que la posesión la domina. La frontera entre el celo santo y el celo enfermo es justo esa: don frente a dominio.
De modo que tienes la misma figura por tres caminos —el aristotélico-tomista del justo medio encaja como un guante—: el exceso es el celo posesivo y suspicaz (vicio contra la justicia, la confianza y la caridad, y contra la dignidad de la amada); el defecto es la indiferencia del pasota (vicio contra el amor mismo); y la virtud en el medio es el celo justo, que no es "un poquito de celos" como cantidad, sino amor intenso, visible en su inversión, gobernado por la confianza y el respeto a la libertad del otro.
¿Qué pienso yo? Que la intuición de esas mujeres acierta en lo esencial y se equivoca en la etiqueta, y que la confusión no es inocente. Lo que sanamente desean no es celos: es prueba de amor y de compromiso. El peligro de llamarlo "celos" y de pedir "un poco" es que se romantiza el control —se confunde la conducta dominadora con prueba de cariño, que es precisamente el guion con el que arrancan muchas relaciones tóxicas—. Lo que de verdad querrían formular es: un hombre cuya inversión se nota y que las defendería, sobre una base de confianza segura. Sangre, sí; pero sangre ordenada por la cabeza y por la caridad. Justo lo que Tomás llamaría celo recto y lo que Wojtyła llamaría amor que es don y no uso.