La gracia de Dios
Llegados hasta aquí, dame una definición precisa de "gracia" de apenas unas pocas líneas.
La gracia es el don gratuito y sobrenatural por el que Dios se comunica a sí mismo al hombre. Lo hace partícipe de la naturaleza divina, hijo adoptivo y amigo suyo, y lo capacita, sanando y elevando su naturaleza sin suprimirla, para conocerle, amarle y alcanzar la vida eterna.
El Catecismo lo resume así: la gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada a ser hijos suyos, partícipes de la naturaleza divina y de la vida eterna (CIC 1996-1997).
Y en una sola frase: la gracia es el amor de Dios que entra en nosotros y nos hace capaces de responderle como hijos.
¿Qué diferencia hay entre el amor de Dios, y la gracia de Dios?
Es una distinción muy fina, y Tomás la trata expresamente (I-II, q.110, a.1). Dicho en corto: el amor de Dios está en Dios, y la gracia es lo que ese amor produce en nosotros.
El amor de Dios no es algo que Dios tenga, sino algo que Dios es («Dios es amor», 1 Jn 4,8). Es eterno, increado e idéntico a su esencia (I, q.20, a.1). Por eso no aumenta ni disminuye ni cambia: Dios no nos quiere más cuando somos buenos ni menos cuando pecamos. Lo que cambia es lo que ese amor puede hacer en nosotros.
Tomás explica que el amor humano y el divino funcionan al revés. Nosotros amamos algo porque descubrimos en ello un bien. Dios, al amar, pone el bien en lo que ama. Su amor siempre tiene un efecto en la criatura, y ese efecto es lo que llamamos gracia.
Tomás distingue además dos niveles de ese amor. Hay un amor común por el que Dios ama todo lo que existe y le da el ser y la naturaleza. Ese amor no es gracia en sentido estricto, aunque también sea gratuito. Y hay un amor especial por el que eleva a la criatura racional a participar de su propia vida. El efecto de ese amor especial es la gracia: algo sobrenatural que Dios pone en el alma.
La relación es, por tanto, de causa y efecto. Una imagen sencilla es la del sol y una planta. El sol es siempre el mismo y brilla igual; la luz y el calor que la planta recibe y que la hacen crecer son su efecto en ella. Si la planta se pone a la sombra, el sol no deja de brillar, pero ella deja de recibirlo.
Hay un matiz que acerca mucho ambos conceptos. Ya vimos que la teología habla también de gracia increada, que es Dios mismo habitando en el alma, en particular el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es, en la tradición latina, el Amor en persona entre el Padre y el Hijo (I, q.37). En ese sentido más hondo, la gracia es el amor de Dios dándose en persona, y la gracia creada es la transformación que su presencia produce en nosotros.
Conviene no confundir tampoco la gracia con la caridad. La gracia es la nueva vida en la esencia del alma; la caridad es el amor con el que nosotros, desde esa vida nueva, amamos a Dios y al prójimo. Brota de la gracia como el obrar brota del ser (I-II, q.110, a.3). Pedro Lombardo llegó a identificar la caridad con el Espíritu Santo mismo, y Tomás lo discutió precisamente para salvar que ese amor fuera verdaderamente nuestro (II-II, q.23, a.2).
En resumen: el amor de Dios nos ama, la gracia nos transforma, y la caridad es nuestra forma de amar transformada.
Ponme un último ejemplo de estos conceptos en la experiencia de una persona cotidiana.
Pensemos en Javier, de unos cuarenta y cinco años, que trabaja en una oficina y va a misa casi todos los domingos, más por costumbre que por otra cosa. Hace tres años discutió con su hermano por la herencia de sus padres, y desde entonces no se hablan. Él está convencido de que tenía razón, y probablemente en parte la tenía.
Durante todo ese tiempo Dios no ha dejado de quererle. Ni más cuando iba a misa ni menos cuando alimentaba el rencor. Ese amor es como el sol de la imagen anterior: constante, sin altibajos. Y desde su bautismo, Javier vive en una relación de hijo con Dios, aunque apenas piensa en ello. Es su gracia santificante, el suelo de su vida. Como el hermano mayor del pródigo, lo tiene todo y lo vive con sordina.
Un domingo escucha la parábola de los viñadores, los que querían quedarse con la herencia. No pasa nada espectacular, pero una frase se le queda clavada y le incomoda toda la semana. Esa incomodidad es gracia actual: una luz puntual que no viene de él, aunque la piensa con su propia cabeza. Podría haberla apartado, y muchas veces lo había hecho. Era gracia suficiente, porque le daba lo necesario para dar un paso. Esta vez no la aparta.
Unos días después coge el teléfono. Le cuesta muchísimo; tiene el orgullo herido y miedo a que su hermano le cuelgue. Pero nota algo parecido a una seguridad interior, como si no le fuera la vida en cómo salga la llamada. Es la confianza del hijo que se sabe querido y por eso puede arriesgarse. La gracia no ha suprimido nada de Javier: sigue siendo él, con su carácter, sus nervios y su forma de hablar. Su naturaleza no ha desaparecido; ha sido sanada en el punto donde estaba herida, el orgullo, y elevada a algo que sola no habría hecho.
La llamada es torpe. No arreglan todo, pero quedan en tomar un café. Lo que mueve a Javier en ese momento ya no es solo la cortesía ni la buena educación, que también son buenas. Es caridad: un amor a su hermano que brota de una vida que no es solo suya.
Javier no ha sentido ningún fervor especial ni ha tenido ninguna experiencia mística. Si le preguntaran, quizá diría que simplemente «le dio por llamar». Pero si mira hacia atrás, reconocerá la gracia por los frutos: una paz que no tenía y la sensación de haber recuperado algo que creía perdido. Y quizá entonces le salga, sin buscarlo, la palabra que lo resume todo: gracias.
¿Cómo se materializa en este ejemplo que Dios siempre tiene la iniciativa en la salvación del hombre?
La iniciativa de Dios está en todo el proceso, pero tan escondida dentro de los actos de Javier que él mismo la describe como «me dio por llamar». Eso es precisamente lo característico de la gracia: Dios actúa primero, pero no desde fuera ni al lado de la libertad, sino desde dentro de ella. Pablo lo dice en Flp 2,13: es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar.
Si recorremos la historia hacia atrás, aparece en varias capas.
Lo primero es el amor de Dios por Javier, que no empezó con la llamada ni con el domingo de la parábola. Le precedía cuando discutió con su hermano, mientras alimentaba el rencor y desde antes de que naciera. Javier no se lo ganó en ningún momento.
Lo segundo es el contexto. Que Javier fuera a misa por costumbre, que ese domingo tocara esa parábola y no otra, que la homilía o una frase se le quedaran dentro: nada de eso lo eligió él. Es la providencia preparando el terreno, como el dueño que entrecava, quita las piedras y planta la viña antes de esperar ningún fruto.
Lo tercero, y lo decisivo, es la incomodidad interior. Javier no decidió sentirse interpelado; le pasó. Esa inquietud que no lo dejaba en paz es la gracia preveniente en estado puro. El concilio de Orange (529), contra los semipelagianos, insistió justamente en esto: incluso el comienzo del buen deseo, el querer ser sanado, viene de la gracia y no de la iniciativa humana (cánones 4-7). Javier no buscó a Dios para que luego Dios le ayudara. Fue Dios quien lo buscó a él a través de esa frase.
Tomás añade una distinción útil aquí (I-II, q.111, a.2), entre gracia operante y gracia cooperante. En la operante, Dios mueve la voluntad a querer el bien, y el cambio interior de Javier, que pasa de no querer llamar a querer hacerlo, es obra de Dios en él. En la cooperante, Dios ayuda a la voluntad ya movida a llevar a cabo el acto exterior. Coger el teléfono y sostener la conversación, con todo el esfuerzo que le costó, es Dios y Javier actuando juntos.
Agustín resumía el conjunto diciendo que la gracia previene para sanarnos y acompaña para que, sanados, vivamos (De natura et gratia 31,35, citado por Tomás en I-II, q.111, a.3). Precede al deseo, acompaña la acción y sostiene la perseverancia. Que la reconciliación aguante en el tiempo también será gracia (Trento, sesión VI, can. 22).
¿Y dónde queda la libertad de Javier? En que no rechazó la luz. Otras veces la había apartado; esta vez la dejó actuar y la siguió. Ese consentimiento es verdaderamente suyo, pero no fue el primer movimiento, sino una respuesta.
La paradoja es que, cuanto más actúa Dios en alguien, más suyo siente esa persona lo que hace. Dios no compite con nuestra libertad como una fuerza externa: es su causa más íntima, y la mueve desde dentro sin violentarla (I, q.105, a.4). Por eso Javier puede decir con toda verdad «decidí llamar», y a la vez, si lo mira con fe, «me hicieron llamar». Las dos frases son ciertas, y la segunda es la que va primero.